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De chile, mole y pozole…

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Lo que la pandemia nos dejó

Por: Oscar Armijo

Impulsados -la mayoría- por una absurda necesidad de desafiar las medidas sanitarias, cubiertos por un velo de ignorancia que continúa alimentándose con noticias e información falsa y guiados por una autoridad endeble, contradictoria y carente de una estrategia eficaz para la gestión de la pandemia, hace unos días rebasamos las 100 mil defunciones por Covid-19 (aunque se estima que la cantidad real es cuando menos del doble).

Si algo debe reconocerse en el marco de esta catástrofe es que tanto el gobierno -principalmente el federal- como la sociedad resultan igualmente responsables. El primero por ignorar diversas recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud tales como la aplicación de pruebas masivas; por restar importancia al uso de cubrebocas como un recurso efectivo para prevenir contagios; y por el manejo engañoso, mentiroso y criminal de las cifras y estadísticas.

La segunda tanto por las razones antes apuntadas como por la necedad de no permanecer en casa. Si bien es cierto que una parte importante de la población en México tiene la necesidad de salir a trabajar todos los días para llevar el sustento a su hogar, asistir a lugares públicos o celebrar reuniones multitudinarias con fines recreativos bajo el argumento de que “no pasa nada”, “es solo una gripe” o de que “al final de algo nos vamos a morir” denota -además de estupidez- niveles altísimos de egoísmo (me avergüenza no poderme excluir debido a que decidí celebrar indebidamente mis 30 años de vida).

Así las cosas, la ineptitud e irresponsabilidad demostradas ante el flagelo de un virus despiadado, han generado graves consecuencias de las cuales tardaremos años en recuperarnos. No solo colapsó nuestro precario sistema de salud (aunque las autoridades insistan que los hospitales no se encuentran saturados); sino que terminó por hundir una economía que pendía de un hilo, con miles de empleos perdidos y negocios cerrados definitivamente. En el ámbito escolar el impacto es también considerable, pues los fantasmas de la deserción y el rezago educativo acechan constantemente ante las carencias que se presentan en miles de hogares.

Lo que quizá me causa más tristeza es saber que los efectos del maldito bicho pudieron ser menos devastadores, ya que tuvimos tiempo suficiente para dimensionar su gravedad y aprender de los aciertos y errores ajenos con la finalidad de prepararnos de mejor manera ante su inevitable llegada, mientras azotaba por primera vez a las naciones del otro lado del charco.

Ahora, nos queda aferramos a la esperanza de una vacuna efectiva, a la vez que enfrentamos un nuevo aumento de casos sin siquiera haber salido de la primera ola de contagios. Claro que a estas alturas de las autoridades en todos sus niveles no espero nada; empero, me decepciona que como sociedad nos sigamos mostrando indolentes e indiferentes ante la tragedia. Y no es que debamos ser presas del miedo o caer en pánico, pues cierto es que la vida debe continuar, pero ¡carajo! actuar como si nada estuviera pasando es un insulto, una ofensa a la memoria de los miles que en México y en el mundo perdieron lamentablemente la batalla contra este virus.

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