Opinión //Espectáculo contra realidad migrante

Por Carolina Ruiz Rodríguez*

El show de medio tiempo del Super Bowl LX demostró una vez más que el entretenimiento es, también, un poderoso instrumento de persuasión política. Millones de personas en el mundo observaron un espectáculo que exaltó distintas expresiones de la identidad latina: música, estética, historia, resistencia y orgullo cultural. Fue, sin duda, una puesta en escena muy poderosa, vibrante y, sobre todo, cargada de simbolismos.

Sin embargo, más allá de la emoción, análisis e interpretaciones inmediatas sobre el llamado espectáculo del medio tiempo, conviene preguntarnos: ¿qué cambió realmente para las y los migrantes?

El espectáculo mostró facetas diversas de lo que somos los latinos no solo en Estados Unidos, sino en el mundo. Nos recordó nuestra fuerza demográfica, cultural y económica. Visibilizó una comunidad que ha sido históricamente marginada, pero que hoy ocupa espacios centrales en la industria, la cultura y la vida pública estadounidense.

Pero la realidad migrante no se transforma con reflectores, con un estilo determinado de música o la presencia de determinados intérpretes.

Mientras en el estadio Levi’s Stadium de Santa Clara, California, se celebraba la diversidad, en múltiples estados continuaron las redadas, las deportaciones, la separación de familias y la incertidumbre jurídica para millones de personas. El debate migratorio en Estados Unidos sigue marcado por una profunda polarización. Quienes respaldan políticas restrictivas y la criminalización de los migrantes difícilmente modificarán su postura por un espectáculo televisivo, por más simbólico que haya sido.

Del otro lado, organizaciones defensoras de derechos humanos, comunidades migrantes y sectores del Partido Demócrata celebraron el mensaje como un acto de reivindicación cultural frente a la narrativa impulsada por el Partido Republicano y por el propio presidente Donald Trump.

Pero en esa celebración y en esa indignación, el riesgo es el mismo: profundizar el encono.

La migración no es un tema de marketing político ni de confrontación partidista. Es un fenómeno humano complejo, motivado en gran parte por un contexto de desigualdad, violencia, pobreza, sueños y supervivencia. Cuando se convierte en bandera electoral o en arma ideológica, lo que se siembra es división. Y cuando se siembra división en un contexto tan cargado de tensiones sociales y raciales, el temor es que se coseche polarización y más tragedias.

Morelos es un estado con una larga historia migrante y miles de familias tienen vínculos directos en Estados Unidos. Esta difícil realidad que viven miles de morelenses no puede depender o esperar que cambie, solo por un espectáculo de 13 minutos, cualquiera que este sea. Cada decisión política en Washington repercute en miles de hogares. Cada discurso de odio tiene eco en comunidades que viven con miedo. Cada endurecimiento de políticas impacta en niñas y niños que no entienden de fronteras ni de debates televisivos.

Celebrar la identidad latina es legítimo y necesario. Defender la dignidad de las personas migrantes es una obligación ética. Pero también debemos exigir que el debate se conduzca con responsabilidad, sin alimentar extremos que pongan en riesgo la convivencia social.

El show terminó. Las luces se apagaron. La conversación en redes seguirá unos días o semanas más. Pero la realidad de millones de migrantes continúa intacta.

Ojalá que el impacto de aquel escenario global no se limite a la polémica, sino que sirva para recordar que detrás de cualquier narrativa —a favor o en contra— hay personas de carne y hueso. Y que la política, en ambos lados de la frontera, debería estar a la altura de esa humanidad.

Porque el espectáculo puede dividir aplausos, pero la dignidad no debe dividir sociedades.

Diputada local y presidenta de la Comisión de Atención a Personas Migrantes del Congreso del Estado de Morelos